Hablé con ellas dos veces, y jamás creí que las dos veces me iban a decir prácticamente lo mismo.
-"Quiero algo, pero tengo miedo de hacer algo para conseguirlo".
-"Ese miedo lo tengo porque he estado antes en esta situación, y no he tenido buenos resultados".
-"Estoy pensando constantemente en ese algo, y le doy vueltas, y vueltas, y lo pienso, y lo vuelvo a pensar, y tomo una decisión, luego me arrepiento, luego me siento mal, luego me siento viva, y luego vuelvo a caer".
-"Si las cosas no están saliendo como quiero, es porque yo no me siento capacitada para conseguirlas tal como quiero".
-"Debo cambiar de pensamiento, y confiar en mi, en ti, en ustedes".
-"¿Debo arriesgarme?" "¿Por qué no?" "Porque ya me he arriesgado antes, y no me ha resultado" "Ah, pero hay algo que leí por ahí una vez, que dice que el destino te pone un par de veces las mismas pruebas, hasta que logras superarlas". "¿Qué es lo peor que te puede pasar, y que no te ha pasado?".
"Dentro de todo esto, debe existir un sacrificio de tu parte"
En 10 minutos de viaje, pensé en cuál podría ser ese sacrificio. Y lo único que mi cabeza pudo rescatar es que equivale a entregarme. Ese es el sacrificio, mi entrega a la vida. Que no me importen las palabras que vendrán de aquí y de allá, ni las miradas, ni las discriminaciones. Que no me duela dejar atrás cosas que creí buenas. Entrar en un mundo que no conocía, en el que aun no he estado. Ese es el sacrificio. Darme cuenta de quién de verdad soy.
En estos momentos me siento muy decidida, y sólo espero que esta decisión perdure. Quiero vivir, quiero respirar, quiero sentir, quiero probar.
Quiero crecer.

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