Ya ni siquiera siento las mismas cosas, no podría decir que estoy estancada en una sola silueta, porque la verdad es que estos cristales rotos a través de los cuales puedo ver ciertas cosas son producto sólo de no ser capaz de entregarme nuevamente.
Es decir, reviso una y otra vez los escritos, leo y releo las cartas, escucho las mismas melodías mientras boto la melancolía, hago conexiones, realizo búsquedas, averiguo cosas, mascullo su nombre, olfateo ese olor a jabón de miel y chocolate, me hundo entre agujeros cafés y dibujos en la piel, pero no logro entender cómo fue que lo hice, o que lo hizo.
Suena tan desesperado para mi gusto, pero qué hay de malo en reconocer los miedos, especialmente cuando tienen más de una justificación basada en las consecuencias de este mismo sistema. Qué hay de malo si a pesar de todo sí estoy más grande y tomo decisiones diferentes a las que tomaba hace un par de años.
No sé quién era yo antes de vivir de verdad. Y no sé quién soy ahora, porque no podría precisar cuán viva estoy.
Diciembre está cada vez más cerca. Díganme que no se han dado cuenta de que es el mes donde más escribo todos los años, y también he escrito en reiteradas ocasiones acerca de él. Porque es el mes en donde veo hasta dónde llegué. Se define si puedo ver la nieve o no. Es el mes en donde me siento al lado de mi ventana y observo por veinte minutos la calle, los niños jugando, las luces navideñas de las casas vecinas, el cielo más azul que nunca y la nieve, la fría y blanca nieve que a penas cae se derrite porque esto nunca fue de película. Sin embargo, miro hacia adentro del hogar y me doi cuenta que esta todo tal cual lo imaginé alguna vez. Con ese cielo azul se contrastan los colores cálidos de la casa, colores de madera natural. Supongo que el árbol, los adornos, las luces, los regalos, la cena, los trajes y todas esas vainas no son más que el reflejo del amor que queremos que permanezca ahí dentro y no se vaya nunca, quizás por eso siempre quise tanto tener lindas navidades. Hoy no quiero nada, absolutamente nada, ni siquiera el más mínimo gesto, porque insisto, ya no puedo precisar cuán viva estoy.
Jorge Drexler - Inoportuna.
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